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Diego de Velázquez pintado por Murillo, una de las aportaciones del catálogo

El dibujo es la idea en bruto, sin la elaboración del óleo, que es ya como una intelectualización posterior, el refinamiento último de la obra de arte. El creador emerge en ese pulso sobrecogedor que sostiene con la inmediatez del lápiz, con el bosquejo apresurado, como es el caso paradigmático de Leonardo da Vinci, que iba apuntando los gestos instantáneos que encontraba en la calle, las tabernas, las plazas. Ese primer carboncillo es un cara a cara entre el deseo y la destreza, un polígrafo que no miente a nadie. España, que siempre ha sido una nación de abundantes complejidades y barroquismos, nunca ha tenido demasiada sensibilidad con la aparente sencillez del dibujo y la ha despreciado hasta tiempos recientes. Pero en esa maestría pronta y ligera del trazo acelerado es donde descolla verdaderamente el talento. Con Murillo –que es un pintor de muchas vírgenes que descargaba la tensión religiosa pintando a la chavalería de las aceras, a todos esos pillos y chicos rufianescos que zascandileaban por las villas al albur de la suerte–, nos damos cuenta de que es un artista que consciente de que también este preliminar es arte, y no una sola herramienta para llegar al lienzo, como prueba ahora Manuela Mena, jefa de conservación de pintura del siglo XVIII del Museo del Prado, que se ha encargado del catálogo razonado de los dibujos de Bartolomé Esteban Murillo, que se publica con el apoyo de la Fundación Botín. «Él –nos cuenta Mena– era un gran dibujante en un país donde los dibujos no contaban con el reconocimiento que ya tenían en Italia. Para algunos, los dibujos eran una chispa de genialidad en la mentalidad del artista. Una razón práctica para hacer los cuadros, pero también para estudiar del natural».

Una mano con talento

La Italia del Renacimiento pudo deshacerse de algunos cuantos atavismos y poner en el centro del orbe al hombre, alrededor del cual giraba el mundo. Y comprendió que el proceso creativo generaba muchas obras de arte aparte del cuadro resultante. Fue de las primeras naciones en apreciar el dibujo. Un contraste con nuestro país, anclado aún en la dictadura del óleo completo. «Murillo –continúa Mena– dibujó mucho a lo largo de su vida. Tiene una mano impresionante. Como Picasso, trabajó desde pequeño. Ellos fueron de esos dibujantes que nunca dejaron de tener un lápiz en la mano. Eran grandiosos. Algo que se refleja en sus trazos. Un dibujo tiene mayor calidad cuando es capaz de reunir en un solo trazo el volumen y la dimensión del espacio. Ellos tienen sus singularidades. Se ve quiénes son, se pueden distinguir de sus seguidores. Son maestros. De ellos salen discípulos, pero, en cambio conservan una singularidad única». Este catálogo, que reúne un centenar de obras, revela a un Murillo atrevido, que se maneja con soltura con el lápiz, pero también con la sanguina, la pluma o las aguadas. Es un espíritu que no se conforma con los límites alcanzados y que, obedeciendo a su ambición, aborda otros nuevos.

Mientras en otros lugares tenían la costumbre de guardar los papeles de los artistas, aquí los usábamos para alimentar el fuego de la chimenea. Mena reconoce que es complicado que aparezcan nuevas colecciones de dibujos de pintores españoles. Pero, durante las tareas de estudio de este catálogo, ha conseguido aclarar atribuciones dudosas a Murillo y resolver el enigma de los esbozos que se conservaban aportando el nombre de otro artista. «Uno de los aspectos más interesantes de esta iniciativa es que hemos reunido los dibujos que él había seleccionado para recopilarlos en un álbum», comenta Manuel Mena. Para ella, «Murillo» disfruta de «un trazo exquisito y lleno de fuerza, muy adecuado, cargado de movimiento, tremendamente del siglo XVIII. Sus dibujos poseen sensualidad, son muy bellos y, como en el caso de José de Ribera, anticipaba elementos que se difundirían en la siguiente centuria. De alguna manera se adelantó a su tiempo».

Fuente: J.Ors. La Razón

 

 

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