Un documental retrata el arduo proceso para inaugurar una gran institución cultural como el Kunstkammer de Viena, cerrada durante diez años, y la vida diaria de sus trabajadores, desde los operarios hasta los directivos, con el objetivo común de colocar al museo dentro del competitivo mundo de los centros nacionales de arte

 

¿Dónde ponemos el Brueghel?
Unos trabajadores colocan «La torre de Babel» (1563) de Pieter Brueghel el Viejo, una de las joyas de esta institución en la que, además, se custodia la mayor cantidad de obras del pintor flamenco.

El primero de marzo de 2013, el presidente de la República Federal de Austria declaraba abierto el Kunstkammer de Viena. Con esta fórmula protocolaria se ponía en valor, tras diez años de restauración y acondicionamiento lejos de la curiosidad pública, a una de las colecciones más importantes de todo el mundo, la que durante décadas, siglos, fueron atesorando los todopoderosos Habsburgo, la antigua familia imperial austríaca. «El gran museo», documental dirigido por Johannes Holzhausen, que se estrena este viernes en España, termina precisamente ahí, en el momento en que el Kunstkammer inaugura una nueva vida museística. Pero lo que interesa a Holzhausen es, precisamente, todo el trabajo que ha quedado atrás, el duro parto de una vasta institución cultural como ésta, la gran gema de la cultura austríaca y uno de los centros más relevantes de Europa.

«El gran museo» arranca con imágenes impactantes: un operario rompe a martillazos el parqué del imponente Museo de Historia del Arte (Kunsthistorisches Museum) mientras otros raspan el papel de pared hasta dejar, entre todos, el edificio en los huesos y el cableado para la iluminación a la vista. Allí se está gestando el nacimiento de un hito cultural y la casa ha de ser totalmente renovada. Se lo explica Sabine Haag, directora general, a un egregio visitante mientras van pasando de sala en sala: «Lo importante es el diálogo entre edificio y colección». No basta con esparcir a la buena de Dios hasta 2.200 objetos de valor incalculable en estos 2.700 metros cuadrados de ensueño en un imponente mausoleo en el centro de la capital austríaca. Los tesoros de los Habsburgo han de armonizar entre sí, primero, e integrarse a la perfección en los ya de por sí variados fondos de la Kunsthistorische, que abarcan seis milenios de historia: desde el Antiguo Egipto hasta finales del XVIII. Y el reto no es desdeñable. Piénsese en este extraño corpus de la Kunstkammer, objetos de lo más variado surgidos como Gabinete de Curiosidades que simbolizaban el poder de los Habsburgo: desde la «Saliera» de Benvenuto Cellini –espectacular la secuencia en el que dos operarias manipulan esta joya sin paliativos del genio pendenciero del XVI– al servicio de desayuno de María Teresa, pasando por piezas de orfebrería tan rimbombantes como un barco musical en miniatura o casacas de gala de los propios emperadores.

Este «gran museo», por tanto, se va acondicionando milímetro a milímetro: las esculturas se limpian a pincel, con paciencia china, las piezas se desmontan con solemnidad y garantías de todo tipo, y mientras las efigies egipcias reposan en palés, en los sótanos, los tesoros maltrechos duermen en extraños quirófanos: las salas ultratecnológicas donde se cataloga, se radiografía y se restaura este rico patrimonio mediante las técnicas más vanguardistas: «La tecnología es conocimiento también, es arte», señala un directivo. En este vasto edificio de época, las luces son Led y sofisticadas trampas atrapan las polillas que osen atentar contra la suntuosa colección de carruajes imperial, los mismos que usufructuó la legendaria Sissí. Para que un museo luzca en su máximo esplendor, con ese aura de solemnidad que le es inherente, es necesario abrir sus costuras, levantar las alfombras y mirar en los reversos. Y es necesario hacerlo día a día, cada mañana, o de la mañana a la noche, lejos de la vista del gran público.

Por eso, la historia de un museo tan magnificiente como el Kuntsthistorisches y de su nueva coleción estrella, la Kunstkammer, es igualmente la de sus trabajadores. «El gran museo» los retrata en todos sus estratos, desde los operarios que montan y desmontan cuadros de las paredes o los empleados de atención al visitante –«somos lo más bajo del escalafón», asume una trabajadora– hasta sus directivos. La cámara de Holzhausen se cuela en sus reuniones. Allí se habla de «mundanidades» muy alejadas del brillo áulico del «Saliero» de Cellini: balances, beneficios, gastos… «La lucha por los recursos se está poniendo difícil –explica Paul Frey, director financiero de este centro público–. La República de Austria nos compara con otras instituciones, incluso con el sistema sanitario, a la hora de financiarnos».

– La batalla del márketing

Hablar de museos hoy en día es hablar asimismo de economía, turismo, rentabilidad, posicionamiento. Una reapertura como la del Kunstkammer no es un hecho marginal y hasta desde la Presidencia de la República siguen muy de cerca lo que se está gestando en estos 2.700 metros cuadrados. Por ello, la batalla del márketing es encarnizada. Asegura un publicista: «Nos gustaría transmitir en la publicidad el aura de estas salasn y presentarlo de una manera contemporánea». Atractiva para el gran público. La cuestión es: ¿por qué ir a Viena a visitar sus red museística en vez de al Prado madrileño o el Louvre parisino? Así pues, las decisiones se toman al milímetro: desde precios especiales hasta una nueva cartelería que, ojo, incluye la palabra «imperial» en la denominación de los museos de Viena: «Se ha demostrado que les resulta más atractivo a los turistas», explica una experta.

Junto a los «supervisores» de esta obra magna –directivos, creadores de marca…–, conviven un grupúsculo de personas que, se diría, viven en su mundo. La línea dura del museo: restauradores, historiadores, archiveros que se pasean en patinete por las inmensas estancias plagadas de incunables. Todos, como en la «Torre de Babel» de Brueghel, una de las piezas incónicas de la Kunsthistorisches Museum –donde se conservan la mayor cantidad de obras del artista flamenco–, se mueven en distintos planos con un objetivo común: sacar adelante este Leviathan del arte.

«El presidente de la República les agradece todo lo que están haciendo», asegura a un alto ejecutivo del museo uno de los empleados del Palacio presidencial. Pronto, muy pronto, el Kunstkammer será una realidad. Fanfarrias y parabienes se dan cita el 1 de marzo de 2013 en este gigante del centro vienés. El presidente y la directora general cortan la cinta inaugural. Mientras, una empleada de seguridad pasa su mano entre los bustos de patricios romanos: sí, la alarma funciona, todo en orden.

Lejos del ruido, el hasta entonces encargado de la colección de Armas y Armaduras, Christian Beaufort-Spontin, pone en orden su pequeño legado. Ha llegado la hora de la jubilación. Una carta de la ministra de Cultura agradece los años de servicio a esta institución pública, en definitiva los años de servicio a la República de Austria. Debajo, en el sótano, los sarcófragos de los faraones, las testas de los ciudadanos de la Antigua Roma, desfilan ante la cámara. El museo palpita.

Más cercanos, menos intocables

Los grandes museos, que durante décadas han vivido con un aura sagrada de inviolabilidad, vienen mostrando en los últimos años sus secretos desde distintos frentes para ofrecer una imagen de cercanía al público. Ya no pretenden ser aquellos «cementerios del arte» contra los que se rebeló la vanguardia. Ahora buscan la interactividad, ya sea desde plataformas más tradicionales –abriendo sus puertas a documentales como «National Gallery» o filmes como «El arca rusa», rodado íntegramente en el Hermitage de San Petersburgo- como, y especialmente, desde el mundo virtual. Es el caso de iniciativas como Google Art Project, al que se ha sumado las grandes instituciones culturales, que, además, están renovando sus propios contenidos digitales.

La curiosidad insaciable de unos nobles

Los Gabinetes de Curiosidades o Cuartos de Maravillas son los precursores de los actuales museos. De muy variados intereses, desde la naturaleza a la tecnología, estos espacios arrancan en el Barroco. El vasto legado que recepciona el Kunsthistorische de Viena, y en especial la colección del Kunstkammer, proviene en gran parte de la curiosidad de los Habsburgo. Allí podemos encontrar rarezas como una cabeza escultórica de Felipe II, un oso disecado a modo de alfombra o unas ranas en pleno combate de esgrima.

Fuente: Gonzalo Nuñez. La Razón

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