Un falsificador inglés se atribuye un Leonardo valorado en cien millones de dólares; los académicos responden que es una «estupidez», pero…

«La bella Principessa», obra de la discordia

«La bella Principessa», obra de la discordia – ABC

 

Lo que sigue no es una novela, pero sin duda merece serlo:

A Peter Silverman, el coleccionista canadiense que posee el cuadro desde 2007 y rechazó una oferta por él de 60 millones de euros, lo que está sucediendo no le hace ninguna gracia. Pero lo cierto es que la polémica que se ha armado entorno al dibujo sobre pergamino bautizado como «La bella Principessa» tiene su salsa humorística. ¿Quién pinto esa obra que hasta ahora el mercado valoraba en cien millones de dólares? ¿Fue Leonardo da Vinci, tal y como sostienen algunas luminarias académicas, o fue Shaun Greenhalgh, un superdotado falsificador inglés, que ya pagó en su día sus habilidades con cuatro años largos de prisión?

Shaun, un individuo corpulento y calvo, de mirada pesarosa y labios fruncidos, hoy de 53 años, fue condenado en noviembre de 2007 a cuatro años y ocho meses de cárcel. Se acababa así la carrera de un falsificador de manos mágicas. Él fue Gauguin, Degas, un escultor egipcio del año 1.300 a.C., un orfebre celta, un antiguo asirio que cincelaba relieves… Un pícaro que con sus padres jubilados haciendo de marchantes colocó desde un cobertizo de una casa de protección oficial del Gran Manchester obras de palo a algunos de los mejores museos del mundo: 120 piezas, que les reportaron millones de libras que nunca gastaron.

Un plato romano vendido al British Museum por cien mil libras. Una falsa estatua egipcia de alabastro del 1.300 a.C., pegoteada con cola instantánea Araldite Rapid cuando se le cayó al suelo y se rompió, que fue colocada al museo de Bolton por 40.000 libras. Una supuesta escultura de Gauguin, firmada PGo, que voló a Chicago por 83.000…. Vivían frugalmente en Bolton, una ciudad de 200.000 habitantes del Gran Manchester. Solo querían demostrar al estirado mundillo del gran arte que Shaun era el mejor. Pero al final el mayor elogio a su talento se lo hizo…. Scotland Yard, que lo calificó como «el falsificador más polivalente de la historia».

Su temeraria carrera de timos concluyó por un despiste, fruto tal vez del exceso de producción. En uno de sus trabajos asirios, Shaun talló mal las riendas de los caballos y cometió un fallo ortográfico al utilizar el antediluviano idioma acadio. Un comisario capaz detectó al momento el fraude y dio la voz de alarma. Shaun y sus padres acabaron en la trena. Cuando salió libre, el museo Victoria & Albert de Londres le dedicó una irónica exposición antológica con sus mejores estafas.

Pero hoy Shaun vive de conducir contenedores. Su venganza contra el mundo es una autobiografía que acaba de publicar. En el libro asegura que«La bella Principessa», el Leonardo de los cien millones, que retrata a una serena joven renacentista de pelo rubio y pupilas claras, lo pintó en 1978 tomando como modelo a una cajera del súper donde trabajaba. Se llamaba Sally y el gran Shaun recuerda que «a pesar de su mirada humilde era bastante mandona y engreída».

Corte de eruditos

La corte de venerables eruditos que avaló la autoría de Leonardo se ha revuelto airada. Su pregunta es: ¿podemos creer a un estafador contumaz? La editorial italiana Scripta Maneant, que organizó la primera exposición del Leonardo en el Palacio Ducal de Urbino, ha tocado a rebato para que los expertos que apoyaron la hipótesis Da Vinci se mojen. El Instituto Lumiere de París, que analizó el cuadro a fondo, certifica la antigüedad de los materiales y asegura que «la evidencia científica no deja lugar a dudas». Nicolas Turner, ex comisario en el British Museum y de la Fundación Getty, explica que «es una payasada creer que lo creó hace 32 años Greendhalgh en el pequeño taller de su jardín del Norte de Inglaterra y no Leonardo en Milán hace 500 años». También señala que «la pincelada de un zurdo no se puede imitar».

Martin Kemp, sabio de Oxford, tal vez el mayor experto leonardiano, se mojó hasta las trancas en el tema. Él fue quien bendijo la tesis Da Vinci y le puso nombre al cuadro en un libro de 2010: «La bella Principessa. La historia de la nueva obra maestra de Leonardo da Vinci». Desde su respetada atalaya académica, Kemp desdeña la revelación de Shaun como «una historia ridícula de alguien que no puede ser tomado en serio».

Peter Silverman, el dueño de la obra, reta al falsificador y le ofrece 15.000 euros si vuelve a pintar la obra sobre un pergamino ante un comité de expertos.

Detalles

Pero Shanun Greenhalgh aporta una serie de detalles que cuando menos invitan a concederle el beneficio de la duda. Para explicar la antigüedad del pergamino asegura que compró una escritura de unas tierras de 1587, una vitela que podría haber utilizado Leonardo. Para el respaldo de madera que sustenta el pergamino empleó la tapa de un antiguo escritorio de una escuela victoriana de Bolton, donde talló unas llaves de mariposa típicas del renacentismo. En cuanto a la tinta, la fabricó él mismo, con savia de una acacia centenaria que hirvió mezclada con partículas de roble añoso, un procedimiento que se empleó desde los romanos y durante siglos. En cuanto al toque zurdo, cuenta que puso la imagen boca abajo para pintar todo el sombreado.

Greenhalgh puede ser un criminal condenado, pero sin duda es también un raro talento natural. Hijo de un profesor de dibujo técnico, dejó la escuela con solo 16 años y empezó a pasar sus días en la biblioteca de Bolton, enfrascado en su estupenda colección de libros de arte. Pronto se percató de que podía imitar aquellas maravillas.

Sus padres le habilitaron un taller en el pequeño jardín de su casita municipal y se convirtieron en sus marchantes. De adolescente entregó ya un Degas. Fue el comienzo de una carrera que lo llevaría a engañar a instituciones tan afamadas como Sotheby’s, el Museo Británico o el Instituto de Arte de Chicago. ¿Está mintiendo ahora una vez más o dice por primera vez la verdad?

Fuente: Luis Ventoso. ABC

 

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