Acantilado edita en castellano «La música en el castillo del cielo», voluminosa y original monografía que el director británico John Eliot Gardiner dedica a la personalidad y a la obra de Bach

Gardiner baila con (la biografía de) Bach

John Eliot Gardiner lo tuvo claro desde el principio: el peor pecado que podemos cometer contra Bach es no dejarlo bailar. Cuando a comienzos de los años ochenta el director británico empezó a despuntar en el ámbito del repertorio barroco, sus interpretaciones devolvieron la imagen de un Bach vital, conectado con los ritmos de danza, ágil y transparente sin por ello perder profundidad. Rasgos muy alejados de las lecturas tradicionales, acostumbradas a trazar el perfil de un compositor solemne, severo, cerebral.

Un hilo directo une al Gardiner músico con el Gardiner escritor que dedica a su compositor de cabecera una voluminosa y original monografía. A pesar de las resonancias entre místicas y metafísicas del título, La música en el castillo del cielo reconstruye en más de ochocientas páginas la imagen de un Bach profundamente humano. Un Bach que emerge, quizá por primera vez, con todos sus defectos y limitaciones. En contra de la visión idealizada que la posteridad fue construyendo sobre su figura, Gardiner desgrana los conflictos interiores y exteriores que arrastró el músico a lo largo de su vida, la complejidad y las contradicciones de una personalidad con muchas más aristas de las que sospechábamos.

Estos elementos permiten, según Gardiner, entender la obra musical de Bach desde una perspectiva más completa: «Al reconocer la humanidad de Bach, empezamos a ver que era parecido a nosotros. Si renunciamos a los intentos de explicar su genio, obtenemos algo más rico: una sensación de conexión, así como una idea más matizada de cómo se crea su música y una pista de por qué debía tener un impacto tan profundo en nosotros».

Gardiner reconstruye con minuciosa precisión las coordenadas históricas, sociales, políticas, religiosas e intelectuales en las que se movió el compositor. No obstante, La música en el castillo del cielo es, por encima de todo, un estudio sobre Bach a partir de su obra musical, la única que para el director británico permite un acceso directo a su personalidad. No ha de extrañar que el análisis musical se centre de manera privilegiada en la producción vocal (Pasiones, oratorios, misas y cantatas) por la que el director británico ha navegado con infatigable asiduidad.

Un año de peregrinaje

La enorme documentación manejada a lo largo del libro no disimula la fuerte carga subjetiva que late en todas las páginas. La biografía de Bach termina así por viajar en paralelo con la autobiografía del propio Gardiner. Numerosos y curiosos son los puntos en los que la figura del compositor alemán entronca con la peripecia vital del director. Empezando por sus años de infancia, durante la Segunda Guerra Mundial, cuando el famoso retrato al óleo del músico, pintado por Haussmann en 1748, miraba al joven John Eliot desde las paredes de la casa paterna en Dorset, llevado hasta ahí por Walter Jenke, un oscuro profesor de música alemán huido de su país en 1936 por el hostigamiento de los nazis. De ahí podríamos saltar al año 2000, cuando Gardiner emprende el magno proyecto del «Bach Cantata Pilgrimage»: doce meses en los que el director y sus huestes se llevaron a Bach en la mochila por media Europa, interpretando en vivo todas sus cantatas sacras (unas doscientas) en las correspondientes fechas del calendario litúrgico.

Gardiner subraya el impacto decisivo que tuvo Lutero sobre la plasmación del mundo estético de Bach. Sus doctrinas moldearon la visión del mundo del compositor, reforzaron su vocación de artesano-músico y vincularon esa vocación al servicio de la Iglesia. De Lutero derivó Bach la idea de la música como herramienta devocional para alabar a Dios y elevar el espíritu de la audiencia. Sin embargo, la magnitud de su obra va mucho más allá de los propósitos iniciales hasta configurarse –para cualquier clase de oyente, con independencia de su fe– como un espejo ordenado y armonioso del Universo.

Un pensador agnóstico como Emil Cioran veía en los oratorios, las cantatas y las Pasiones de Bach la única prueba posible de la existencia de Dios: «Sin Bach, Dios sería un personaje de tercera clase. La música de Bach es la única razón para pensar que el Universo no es un desastre total. Con Bach todo es profundo, real, nada es fingido». Gardiner lo expresa a su manera en las líneas conclusivas de su libro: «Bach nos ofrece la voz de Dios: en forma humana. Él es quien ilumina un sendero, mostrándonos cómo superar nuestras imperfecciones por medio de las perfecciones de su música: hacer las cosas divinas humanas, y las cosas humanas divinas».

«La música en el castillo del cielo»

Fuente: Stefano Rusomanno. ABC

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