Retrato de la actriz Antonia Zárate

Retrato de la actriz Antonia Zárate realizado entre 1810-1811 por Francisco José de Goya y Lucientes (1746–1828) /STATE HERMITAGE MUSEUM, ST PETERSBURG

Un colgante en forma de carabela de oro y esmeraldas colombianas, fechada alrededor de 1580 y que perteneció a la emperatriz rusa Catalina II, simboliza la joya de exposición que el museo Hermitage de Ámsterdam ha conseguido montar en sus dependencias a la orilla de los canales. La colección de maestros españoles del Siglo de Oro de la sala central rusa suma 160 obras, y no solo es la mayor del mundo fuera de España. Conforma también lo que su director, Mikhail Piotrovsky, denomina “la imagen del país desde nuestro propio romanticismo”. La sucursal holandesa ha traído de San Petesburgo 40 óleos de El Greco, Ribera, Zurbarán, Velázquez, Murillo y Goya, y otros 60 de sus alumnos y seguidores, además de objetos de artes decorativas y artistas posteriores de la talla de Zuloaga, Mariano Fortuny o Anglada Camarasa. El broche final lo pone Picasso. Es la primera vez que son expuestos en Holanda, y llenarán hasta mayo de 2016 el vacío de los museos nacionales, que apenas poseen grandes firmas ibéricas de los siglos XVI y XVII.

La enorme piedra preciosa de la carabela, y una campanita azteca de oro que le acompaña, simbolizan el despegue del futuro Imperio español a partir del descubrimiento de América. La muestra, que documenta el posterior florecimiento -con la monarquía absolutista- de la pintura religiosa, mitológica, histórica y de Corte en el siglo XVII, deslumbra en apenas dos salas con ejemplos de todo ello. En la pequeña, asoma el modernismo místico de El Greco con Los apóstoles Pedro y Pablo. En la grande, que reproduce las paredes rojas de San Petesburgo, abruma la sufriente carnalidad de San Jerónimo y de San Onofre, de José de Ribera, calificado de “innovador enigmático y especialista en recoger el dolor”. A su lado, cautiva la luz y las sombras de Velázquez. De tanto buscar a gente corriente, como el sorprendido varón de Cabeza de hombre de perfil,Don Diego Velázquez de Silva, como lo llaman aquí, acabó siendo revolucionario en sus encargos de Corte. Su Retrato del Conde duque de Olivares, es un buen ejemplo de su habilidad para servir al patrón sin perder por el camino al ser humano. Gaspar de Guzmán y Pimentel, el valido de Felipe IV y uno de los estadistas más poderosos del siglo XVII, es para el pintor un tipo poco agraciado, pero de gran personalidad, que deja entrever su pérdida progresiva de autoridad.

El gran tamaño de los cuadros, en su mayoría religiosos, acentúa lo que el museo califica de “unión de lo espiritual y lo teatral”. Una mezcla que le parece “muy española” a sus responsables, y a la que vale la pena añadir la dulzura nada cursi de Murillo. Su Anunciacióny su Inmaculada Concepción, y también su San José llevando de mano a Cristo niño, “ejercen una influencia sentimental especial en los rusos”, según Piotrovsky. Algo bien distinto a la explosión de realidad de las series de grabados de Goya, desde Los CaprichosLos Disparates y los Desastres de la Guerra, “tan similares los últimos a la histeria psicológica que nos envuelve hoy”, añade el experto.

Fuente: Isabel Ferrer. El País

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