• John Eliot Gardiner firma el gran libro sobre lo que supone el compositor alemán en la historia de la música. El prestigioso director presenta ‘La música en el castillo del cielo’.

 

RUBÉN AMÓN

John Eliot Gardiner (Dorset, 1943) le ha perdido el miedo al retrato de Bach. Ha logrado mirarlo de frente, sobreponerse a la sugestión que le provocaban de niño la mirada penetrante del Cantor, la ampulosa peluca ensabanada, el canon a seis voces que atrapa su mano derecha.

Es la imagen que aparece en los libros de texto, pero Gardiner tenía en casa el cuadro original. O lo tenía su padre en depósito, toda vez que el famoso retrato de Hausmann lo evacuó hasta Dorset desde Alemania un profesor de música represaliado por los nazis en una purga de 1936.

Y Gardiner lo observaba con estupefacción en el rellano del primer piso del molino donde nació, predisponiendo, sin imaginarlo, el tratado absoluto que ha escrito 65 años después y que la editorialAcantilado incorpora a su inventario de tesoros con un título de ambiciones metafísicas: La música en el castillo del cielo. Es una alusión a la “mecánica de la fe” con que el maestro Gardiner alude a la dimensión extracorpórea de la música de Bach, concebida desde una suerte de matemáticas verticales, pero también una referencia terrenal y explícita al lugar de Weimar donde el compositor germano permaneció 19 años decisivos para la biografía propia y para la historia de la Humanidad: Himmelsburg (el burgo del cielo).

“La música de Bach”, escribe el director de orquesta británico, “nos ofrece destellos que alumbran las terribles experiencias de quedarse huérfano, en su solitaria adolescencia, y al llorar la muerte de sus seres queridos como marido y padre. Nos muestra cuán intensamente le desagradaba la hipocresía y su impaciencia ante el falseamiento de cualquier tipo; pero revela también la profunda simpatía por quienes sufren, o luchan con sus conciencias o sus creencias. Su música ejemplifica esto y es en parte lo que le brinda su autenticidad y su fuerza colosal (…) Oímos su alegría y el placer que siente al celebrar las maravillas del universo y los misterios de la existencia, así como la emoción que produce su propio atletismo creativo”.

Interesa la expresión caleidoscópica de Gardiner tanto como lo hace su proceso de comprensión. El maestro británico desentraña la personalidad de Bach y hasta su existencia desde los misterios que se alojan en las partituras. No ha eludido las obligaciones con las fuentes históricas y convencionales, pero la experiencia de familiarizarse con ellas redundó en la sensación de que la biografía de Bach se resentía bien del prosaísmo o bien de la desmesura hagiográfica, de tal manera que el compositor más influyente de la historia -nos sumamos a la euforia del tratado- era víctima de la precariedad documental y de los procesos de canonización.

“Decepcionantemente normal”

Se explica así que las tres primeras líneas de su retrato establezcan una premisa a la que John Eliot Gardiner pondrá inmediato remedio en las 800 páginas subsiguientes: “Bach el músico es un genio insondable; Bach el hombre posee defectos demasiado evidentes, es decepcionantemente normal y en muchos sentidos sigue resultándonos invisible. De hecho, da la impresión de que sabemos menos sobre su vida privada que sobre la de cualquier otro compositor de los últimos 400 años”.

Hacer visible a Bach implica eludir la tentación de recrearse en los tópicos. Gardiner considera verosímil el retrato de un hombre impertinente, cobista en la Corte, engreído, incluso tímido en el momento de asumir retos intelectuales, pero también discute que pueda establecerse una discriminación esquizofrénica entre el compositor y su obra sublime.

Bach es su música. Bach es fundamentalmente su música, así es que la mejor manera de retratar al compositor radica en sumergirse en ella. Y no estamos utilizando una metáfora gratuita. Es el propio Gardiner quien la maneja para contarnos que el mundo submarino de Bach se descubre poniéndose unas gafas de buceo, de forma que la imagen superficial del oleaje es la mera apariencia de un universo fabuloso.

Gardiner es un experto submarinista. Tan experto que sus experiencias incluyen la proeza de haber interpretado durante 52 semanas todas las cantatas de Bach. Un viaje iniciático que repercutió en España al abrigo del Camino de Santiago y que predispuso, sin pretenderlo, la ambición o la intención de contener a Bach en un tratado o un ensayo aproximativos.

Cualquier pretensión de definir a Bach termina convirtiéndose en una manera de limitarlo, pero Gardiner aporta una perspectiva casi orgánica, partiendo de la sugestión del retrato del molino y de la fascinación que le provocó de niño cantar en el coro las primeras obras del compositor germano.

Gardiner perfila a Bach desde la perspectiva del intérprete. Y, por tanto, lo interpreta, aunque semejante evidencia subjetiva, resuelta en 14 aproximaciones diferentes, se antoja compatible con la autoridad y el escrúpulo de quien se cree capaz de hallar un espejo detrás del retrato, “un espejo que refleja vívidamente su compleja y su áspera personalidad, su afán de compartir y comunicar su visión del mundo con sus oyentes, y su capacidad única para incorporar una invención, inteligencia, ingenio y humanidad inagotables al proceso de composición”.

Gardiner nos habla desde la partitura y desde la interpretación, conectado con el motor y con los ritmos de la danza de la música, atrapado en la armonía secuencial y la intrincada redcontrapuntística de los sonidos, sus relaciones espaciales, loscaleidoscópicos cambios de color, más o menos, dice él mismo, como si un astronauta tratara de explicarnos la experiencia lunar, no pudiendo exponerla con imágenes.

Es una hermosa metáfora para relacionar a Bach con la bóveda celeste. De hecho, el propio Gardiner otorga al Cantor de Leipzig una propiedad que no tuvieron Monteverdi (“el espectro de las pasiones humanas”), Mozart (“la música que podríamos oír en el cielo”) niBeethoven (“la lucha que supone trascender las flaquezas humanas y aspirar a la divinidad”).

“Es Bach, cuando hace música en el ‘Castillo del Cielo’, quien nos ofrece la voz de Dios: en forma humana. Él es quien ilumina un sendero, mostrándonos cómo superar nuestras imperfecciones por medio de las perfecciones de la música: hacer las cosas divinas humanas, y las cosas humanas, divinas”.

«Para saber más sobre Bach hay que ser Sherlock Holmes»

“Es más duro escribir sobre Bach que dirigir su música“, confesaba este martes John Eliot Gardiner. “Cuando has terminado de tocar, el sonido ya se ha esfumado. Habrá noches mejores y noches peores, pero el tiempo pasa y con el tiempo la gente olvida. Pero a veces, cuando repaso lo que he escrito, pienso ‘Dios mío, ¿cómo pude decir esto?’ Las palabras permanecen y te incriminan”. Hay algo de paradójico en las palabras del nobilísimo director inglés, que ayer presentaba ‘La música en el castillo del cielo’ en La Pedrera de Barcelona: él mejor que nadie sabe que su libro es extraordinario, exhaustivo, original. De igual manera que comprende que penetrar en el misterio de Bach es una tarea ardua que puede llevar a equivocaciones e implica riesgos. “Por mi experiencia, puedo afirmar que conozco muy bien las cantatas y las pasiones de Bach. No sé si alguien las tiene más interiorizadas que yo”, continuaba. “Pero también habrá un día, en el futuro, en el que alguien escriba sobre él de manera distinta y con conclusiones diferentes”. Para Gardiner, su trabajo sobre la vida, las circunstancias y el pensamiento del gigante alemán ha sido un proceso de tenaz investigación histórica (“de ser muy escrupuloso con los datos”), pero con el gran problema de que existe realmente poca información veraz y contrastable sobre Bach. Lo que en cierto modo es como ejecutar una de sus piezas: el margen de interpretación es amplísimo, ninguna partitura manuscrita de las que se han conservado es un texto cerrado como lo eran las de Beethoven. “Entre un clavecinista moderno yGlenn Gould hay un abismo, pero todo es Bach. Nadie tiene la verdad sobre su música, y quien lo afirme es un idiota. Curiosamente, era uno de los compositores de su época que anotaba más profusamente sus partituras. En Händel o Telemannhay que romperse la cabeza para desentrañar muchas soluciones,Bach era más preciso porque no se fiaba de sus músicos“. Pero para componer el libro, Gardiner ha tenido que ser más un detective que un estudioso. Ha necesitado llenar muchos huecos con la inteligencia: “Llega un punto en el que muchas cosas las tienes que intuir, no queda otra”. La gran aportación de ‘La música en el castillo del cielo’ a los estudios sobre música clásica, aparte del estilo -desbordante, generoso, preciso en la información, apasionado hasta el hueso-, es la construcción del contexto. “De Bach tenemos poca información. No sabemos si quería ser misterioso o simplemente no le importaba dejar rastro. Se conservan pocas cartas, igual es que se destruyeron, o lo más probable es que, como viajó poco, no tenía necesidad de comunicarse con su familia por escrito. Pero hay algo todavía más frustrante: en Leipzig compuso, ensayó e interpretó una cantata cada domingo, durante cinco años, pero no existe ningún documento que explique cómo la gente recibió aquella música. Ningún elogio, ninguna queja. Nada”. Así que, ayudado por un equipo de musicólogos que trabajan para la Bach Archive Foundation de Leipzig, de la que es presidente desde 2013, una de las obsesiones de Gardiner ha sido, y sigue siendo, poner a rastrear sus sabuesos en busca de datos nuevos. “Van más allá de la musicología, encuentran datos como si estuvieran desenterrando trufas. Son como Sherlock Holmes”. Su libro aporta información nueva, o datos que no se habían considerado importantes hasta hoy, como “las notas que Bach sacaba cuando iba al colegio, su primer contacto con la religión protestante o los episodios de acoso que sufrió en la escuela, y que posiblemente marcaron su carácter“. Prosigue explicando que “una vez tenía los datos, lo siguiente era profundizar en el marco de su época: la educación, el culto, la economía, la política. Entonces es cuando puedes imaginarte cómo era Bach”. Gardiner ha intentado arrojar luz sobre algunos misterios que todavía intrigan a los expertos en Bach, como sus crisis de fe, la contradicción entre su carácter severo y su poca predisposición a aceptar órdenes, o su afición a la vida alegre. De paso, Gardiner lucha por derribar el prejuicio más enquistado y más injusto, “el de que Bach es un compositor intelectual, más difícil que Mozart o Beethoven. Es falso, Bach canaliza una energía incontenible“. Al acabar las 800 páginas de ‘La música en el castillo del cielo’, cualquiera se lo discute.

Fuente: Javier Blánquez. El Mundo

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