• El Museo Reina Sofía exhibirá desde el viernes ‘Nafea faa ipoipo (¿Cuándo te casas?)’, de Gauguin, adquirido por la Autoridad de los Museos de Qatar por 300 millones de dólares

 

Los cuadros más caros.

A partir del próximo viernes colgará de las salas del Museo Reina Sofía la que se ha convertido en la obra de arte más cara de la historia, el cuadro ‘Nafea faa ipoipo’ (‘¿Cuándo te casas?’) de Paul Gauguin. En febrero, ‘The New York Times’ publicaba que el lienzo había sido vendido por 300 millones de dólares a un comprador qatarí anónimo. Rudolf Staechelin, el propietario, confirmaba la operación, pero no su importe ni el destino de la obra.

Todos los ojos apuntan a la Autoridad de los Museos de Qatar, cuya voracidad compradora y rebosantes arcas le llevaron ya en 2011 a hacerse por 250 millones de dólares con una de las dos versiones de Los jugadores de cartas, de Paul Cézanne. Pero lo importante es que, antes de que llegue a su destino final en enero de 2016, Nafea faa ipoipo pasará por España gracias a que el Kunstmuseum Basel, de Basilea (Suiza), donde el cuadro lleva casi 50 años, cierra por obras de remodelación y tiene que desprenderse temporalmente de buena parte de sus tesoros.

El Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía (MNCARS) lo acoge desde el viernes, cuando será colgado en el transcurso de un acto al que asistirán el propio Staechelin y el director de la institución, Manuel Borja-Villel, hasta el próximo 14 de septiembre dentro de la exposición Coleccionismo y Modernidad. En ella se exhiben justamente dos de las colecciones más destacadas del Kuntsmuseum, la de Im Obersteg y la de Staechelin.

Borja-Villel sostiene con toda sensatez que, siendo una obra importante dentro de la carrera de Gauguin, ¿Cuándo te casas? quizá no justifica el precio exorbitante que se ha pagado por ella, un hecho que atribuye más bien a «la arbitrariedad del mercado». El director del MNCARS sí recuerda que para su autor era una de sus creaciones preferidas, tanto que al principio se resistió a venderlo -y eso que nunca le sobraba el dinero- y cuando dio su brazo a torcer exigió a su marchante un precio muy alto.

Paul Gauguin era un próspero agente de bolsa que vivía cómodamente con su mujer danesa y sus cinco hijos cuando hizo frente a la insatisfacción que lo consumía. Vargas Llosa ha escrito que, dejándolo todo para dedicarse a pintar, se embarcaba sencillamente en una «búsqueda del paraíso» que lo llevaría a Martinica, Tahití y las islas Marquesas.

Lejos de la civilización, el antiguo burgués impregna sus cuadros de «una fuerza convulsiva» que hace estallar «todas las normas y principios que regulaban el arte europeo» y convoca «nuevos patrones estéticos, otras formas de belleza y de fealdad, la diversidad de creencias, tradiciones, costumbres, razas y religiones de las que está hecho el mundo», postula el escritor.

Dicho en términos más formales, Gauguin pasó de ser un seguidor tardío (y entrado en años) del impresionismo a abanderar su superación poniendo en cuestión toda la tradición naturalista del arte europeo desde el Renacimiento. Según Dominique Lora, «uno tras otro, sacrificaría todos los recursos descriptivos de la pintura (perspectiva, sombras, claroscuro, tono local) en aras del valor puro de la línea y el color sobre el plano».

Gauguin pinta Nafea faa ipoipo un año después de establecerse en Tahití, en 1892, en un periodo de gran creatividad en el que crea otras maravillas como Mujer con una flor, Mujeres de Tahití o El aparecido la vigila. El cuadro presenta a dos mujeres, una vestida con un pareo de colores tradicionales y blusa blanca, la otra con un traje de estilo misionero de color rosa; tras ellas, un fondo simplificado de colores planos y vivos.

Tehamana, la pareja de Gauguin, fue la modelo que posó para la chica que aparece en primer plano y disposición soñadora. Sin embargo, la atención se desplaza hacia la figura inflexible de la mujer madura, que parece preguntarle cuándo va a contraer matrimonio a pesar de que la flor de tiara colocada en la oreja izquierda indica -según la tradición local- que la joven no desea compañía.

La composición debe mucho a las estampas japonesas tan de moda en aquellos años, y el hecho de que Gauguin realice un retrato dual (no individual), que además es el motivo central del cuadro, refleja hasta qué punto el artista se hallaba ya alejado de las convenciones europeas.

En cuanto a la postura de la joven, medio sentada medio en cuclillas, Gauguin ya la había estudiado con anterioridad en un dibujo a lápiz, carbón y pastel, y la reprodujo luego como figura secundaria en varios cuadros posteriores como La casa de los himnos, E haere oe i hia y Eu haere ia oe.

Guillermo Solana, director artístico del Museo Thyssen, ha escrito que «para representar la Arcadia (…), Gauguin necesita un estilo simple» y que su primitivismo «es la tendencia hacia una segunda inocencia, el camino hacia una ingenuidad no natural, sino reconquistada».

Nafea faa ipoipo ilustra a la perfección ese anhelo de desaprender para conquistar lo rústico y tosco. Su paso veraniego por Madrid brinda una oportunidad de oro de contemplarla sin viajar hasta los lejanos reinos de Catar.

Fuente: P. Unamuno. El Mundo

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