Dio la cara, el bolsillo y casi la vida por Monet, Degas, Pissarro… Los impresionistas se lo deben todo a quien revolucionó el negocio del arte

Durand-Ruel: el mercado del arte era él
TRANSPARENTE. Morisot pintó «Woman and Her Toilette»

La de Paul Durand-Ruel (1831- 1922) no es una exposición más dedicada al impresionismo. En absoluto. La muestra de la National Gallery es un maravilloso tributo al hombre que descubrió e hizo sobrevivir el impresionismo. El francés no sólo fue el primer marcharte de arte por excelencia. Fue la fuerza motora que, pese a tener a toda la crítica e instituciones en contra, apoyó a un grupo de artistas incomprendidos hasta que su talento les llevó a lo más alto. Innovador, tanto en sus gustos artísticos como su estrategia en el negocio, revolucionó la historia del arte. Monet llegó a decir que sin él todos habrían muerto de hambre. «Le debemos todo. Era persistente, terco, estuvo al borde de la quiebra en más de 20 ocasiones para respaldarnos. Los críticos nos arrastraban por el fango, pero él… él era aún peor», remata el artista.

«Inventing Impressionism» (Inventando el Impresionismo) –que abre sus puertas hoy– es una extraordinaria recopilación de los icónicos cuadros que el marchante llegó a comprar y vender. Pionera en su género, la exposición presenta a la persona trascendental que descubrió a Monet, Pissarro, Degas y Renoir en los inicios de la década de 1870, y de quienes adquirió su obra cuando todavía eran, en la mayor parte, objeto de mofa o ignorados. Sin él, el impresionismo jamás habría llegado a ser el respetado concepto que es hoy en día, uno de los movimientos pictóricos más apreciados en todo el mundo.

Han sido necesarios cinco años para traer lienzos de ambos lados del Atlántico. Las obras vienen tanto de instituciones de Chicago, Filadelfia y Japón como de colecciones privadas. Es el caso de «La taza de chocolate» de Renoir, que no había sido expuesta en Reino Unido desde 1905, cuando Durand-Ruel la trajo a su galería en Grafton Street, en Mayfair. También está incluida la serie de «Álamos» de Monet, cuyas piezas no habían sido reunidas desde que el propio marchante las expusiera hace más de 120 años. La responsable de la muestra, Anne Robbins, recalca que la importancia de esta figura es inequívoca. «Fue un hombre crucial para la historia del desarrollo del impresionismo y el eventual ascenso de su fama a nivel mundial. No sólo fue el primero en ver el significado de las imágenes, sino que también fue clave en su comercialización y en la búsqueda de una clientela», recalca. Durand-Ruel, al principio, fue reacio a convertirse en marchante. Después de haber visto los problemas financieros que el mundo del arte había causado a su padre, quiso dedicarse al Ejército. Sin embargo, una recopilación de 40 obras de Delacroix en la Exposición Universal de París de 1855 le hizo coger un destino que estaba escrito. Simplemente, quedó cautivado. «Las pinturas brillaban con brillo incomparable –escribió más tarde–. Me abrieron los ojos y reforzaron la idea de que yo podría, tal vez, a mi humilde manera, ser de algún servicio a los verdaderos artistas, ayudando para que fueran mejor comprendidos y apreciados». Dos de los cuadros de Delacroix forman parte de la exhibición de la National Gallery. Uno de ellos es el magnífico «Caballos árabes peleando en establo», que normalmente está en el Louvre.

Al igual que le pasó a su padre, los comienzos no fueron fáciles. Los clientes del francés reaccionaron con estupor cuando éste comenzó a apoyar a unos artistas que eran objeto de burla. El término impresionista –acuñado por el crítico Louis Leroy en 1874 en respuesta al amanecer de Monet– era incluso utilizado en tono despectivo. Cuando el marchante organizó la segunda exposición impresionista, llamaron a su galería «manicomio».

Durand-Ruel: el mercado del arte era él
Como un mesías. Sus artistas le adoraban. Para Degas (que le regalaba pasteles) era el sostén de su economía
© Archives Durand-Ruel © Durand-Ruel & Cie

El primer comprador de Manet

Pero Durand-Ruel no desistía. Es más, aparte del apoyo laboral, mantenía con los artistas una relación muy estrecha. Conoció a Monet en Londres en 1871 y de regreso a París al año siguiente, se cruzaron en su camino Renoir –probablemente su mejor amigo entre los artistas–, Alfred Sisley, Degas y Berthe Morisot. Se convirtió además en el primer comprador de Manet. Compró todas las obras de su estudio salvándole de la ruina. El marchante siempre pagaba a sus artistas por adelantado, aun cuando su propia economía estaba en riesgo. Una misiva, fechada el 16 de enero de 1905 –que forma parte de la exposición–, dice lo siguiente: «Estimado Sr. Durand-Ruel, casi no necesito decirle que le estoy esperando, como el Mesías, para pagar el maldito alquiler trimestral. Tengo dos pasteles preparados que ya pueden ser recogidos. Muchas gracias, Degas».

Curiosamente, el francés era monárquico y ferviente católico. «Se podría pensar que es difícil reconciliar estos aspectos con ser un firme defensor de los artistas más radicales de la época», dice Robbins, «pero siempre fue más allá de sus opiniones políticas. Vio su obra como el siguiente paso de la escuela de pintura que su padre había apoyado».

Cuando le preguntaban qué era lo que le atraía de aquellos pintores incomprendidos, decía: «No se pueden encontrar en los bancos de la École des Beaux-Arts o en los círculos académicos. Ellos buscan la inspiración dentro de sí mismos, contemplando las maravillas de la naturaleza».

Su sensibilidad ante los cuadros se completaba además con la audacia que mostró para el negocio del arte, que también se pone de relieve en la muestra con documentos de su archivo. Siempre mantuvo una lucha constante para atraer a nuevos clientes y llamar la atención sobre los artistas que tanto defendía. Hasta Durand-Ruel, la mayoría de los distribuidores se dedicaban a las exposiciones colectivas. Pero él fue pionero en las muestras centradas en sólo un artista, en las que reunía las mejores obras, a veces incluso con préstamos de colecciones privadas, para conseguir que los compradores se comprometiesen con el pintor en un nivel más profundo.

También exhibía pinturas en su propio apartamento para demostrar cómo estos lienzos encajaban bien en un entorno doméstico. Es más, se ha descubierto que la galería también recaudaba dinero alquilando cuadros a particulares que querían tenerlos para cenas u otras ocasiones especiales y así impresionar a sus invitados.

Fue en Nueva York, donde acudió invitado por la Asociación de Arte Americano, donde Durand-Ruel comenzó el camino hacia el éxito. «Sin Estados Unidos», dijo más tarde, «me habría perdido, arruinado, después de haber comprado tantos Monet y Renoir. Las dos exposiciones de 1886 me salvaron. El público estadounidense compró moderadamente. . . pero gracias a ellos los franceses empezaron a interesarse por estos pintores. Poco antes de su muerte, a los 90 años de edad, ya convertido en célebre marchante dijo: «Por fin los maestros impresionistas triunfan al igual que la generación de 1830. Y pensar que, si hubiera fallecido a los 60, me habría muerto endeudado y en bancarrota, rodeado de una gran cantidad de tesoros subestimados».

La exposición transcurre, casi cronológicamente, a lo largo de los eventos más destacados de su carrera. Las primeras tres salas están dedicadas a su casa, sus tempranos trabajos como marchante y las conexiones que creó con los artistas realistas de mediados del siglo XIX,que no tardarían en conocerse como impresionistas. Las salas 4, 5 y 6 se concentran en las estrategias empleadas para promover y establecer a los impresionistas y las dificultades a las que se enfrentó. El punto culminante transporta al visitante a una exposición organizada por Durand-Ruel en 1905 en las Grafton Galleries de Londres, que sigue siendo hasta la fecha la mayor muestra de arte impresionista nunca vista. El francés presentó la asombrosa cifra de 315 obras. Aquella muestra fue el último gran intento dentro de una campaña que había comenzado en Londres tres décadas antes.

Doce mil obras impresionantes

Entre 1891 y 1922, Paul Durand-Ruel adquirió unas 12.000 obras, entre las que se incluían más de 1.000 Monet, aproximadamente 1.500 Renoir, más de 400 Degas, la misma cantidad de Sisley y Boudin, unos 800 Pissarro, cerca de 200 Manet y casi 400 Mary Cassatt. El marchante conoció a Monet y Pissarro en Londres entre 1870 y 71, donde estos últimos se refugiaban de la guerra franco-prusiana y la Comuna. Le cautivaron aquellos lienzos, a menudo pintados al aire libre en parques, suburbios y a la orilla del Támesis. Al poco tiempo adquirió algunas pinturas, que expuso en Londres entre 1870 y 1874 en la galería que había abierto en Mayfair. Las obras estrella de la muestra de la National Gallery incluyen, al menos, cinco lienzos de la serie «Álamos» de Monet y tres famosas «Danzas» de Renoir, que no han sido vistas juntas en el Reino Unido desde 1985: «Danza en Bougival», del Museum of Fine Arts de Boston, «Danza en el campo» y «Danza en la ciudad», del Museo de Orsay.

Fuente: La Razón

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.