Un recital en la Fundación Juan March reproduce el programa con el que Liszt se presentó por primera vez en octubre de 1844 ante el público madrileño en su única gira por España

En la confluencia entre la madrileña Carrera de San Jerónimo y el Paseo del Prado, una placa recuerda el lugar donde Franz Lisztofreció el primer concierto de su única gira por la Península Ibérica. Aunque la fecha indicada es el 29 de octubre de 1844, la actuación se produjo el día anterior, a las ocho y media de la noche en el Palacio de Villahermosa, sede actual del Museo Thyssen.

España pertenecía entonces a la periferia musical de Europa. Los gustos del país eran monopolizados por la ópera italiana, mientras que el género instrumental tenía una posición muy secundaria. La imagen de un territorio virgen, donde ningún instrumentista de prestigio se había abierto paso todavía, pesó en la decisión de Liszt, quien se veía como una suerte de redivivo Colón abriendo nuevas rutas artísticas (y, por supuesto, sacando provecho económico de ello).

Todo un triunfo

El paso por Madrid fue todo un triunfo. Además de los conciertos previstos, el primer recital le valió a Liszt una contratación inmediata para otras cuatro actuaciones en el Teatro Circo, que tuvieron lugar los días 31 de octubre, 2, 5 y 9 de noviembre al fabuloso precio de 15.000 reales, unos 4.000 francos por concierto. Al despedirse de la capital, Liszt recibía de Isabel II la cruz supernumeraria de Carlos III y un alfiler de brillantes «de valor de mil duros». La gira se prolongó unos meses y, en buena medida, se fue construyendo sobre la marcha. El pianista marchó rumbo a Andalucía y ofreció conciertos en Córdoba, Sevilla y Cádiz. De ahí se trasladó en barco a Lisboa (donde sumó trece actuaciones) para posteriormente regresar a Málaga. Las siguientes paradas fueron Valencia y Barcelona, donde la gira finalizó el 21 de abril de 1845.

Estos y otros datos proceden de los documentadísimos textos que Antonio Simón ha escrito para el ciclo «Liszt y España», organizado por la Fundación Juan March, que culmina el próximo miércoles con un recital de la pianista Nino Kereselidze. Este concierto tiene la peculiaridad de reproducir fielmente el programa con el que Liszt se presentó por primera vez ante el público madrileño. En la primera parte, se escucharán la transcripción de la Obertura de «Guillermo Tell» de Rossini, las Reminiscencias de «Lucia di Lammermoor» de Donizetti, y las Reminiscencias de «Norma» deBellini. En la segunda, sonarán la Fantasía sobre temas favoritos de «La Sonnambula» de Bellini, la Introducción y polonesa de «I Puritani» de Bellini y el Gran Galop cromático. En la misma velada, Liszt interpretó también una no identificada mazurca de Chopin, aquí reemplazada por el Andante spianato y Gran Polonesa Brillante op. 22.

La elección del programa era muy astuta. Al escoger sus fantasías sobre temas operísticos, Liszt tenía en cuenta la pasión del público español por la ópera italiana. El concierto finalizaba con elGran Galop cromático, una pieza brillante y muy virtuosística especialmente apta para cerrar de manera apoteósica la actuación.

Delirio del público

Debemos a Liszt la invención del recital pianístico tal como lo conocemos hoy. Antes, habría sido impensable para un pianista acaparar él solo la atención de la audiencia y mantenerla despierta durante toda la duración de un concierto. Liszt lo conseguía con unamezcla sorprendente de musicalidad y oratoria (sus gestos, su mirada, su cabellera danzarina…). Schumann decía que a Liszt se le debía escuchar y también ver, porque sólo así podía uno captar la poesía inherente a su interpretación.

Las crónicas de la época coinciden en resaltar el delirio suscitado por sus recitales, sobre todo entre el público femenino. Este «Polifemo del piano, Niágara de las armonías estruendosas» (como lo definió en 1841 el periódico The Musical World) también sabía acariciar el instrumento con una suavidad y una sensualidad capaces de sugerir, quizá, otros contactos más íntimos y placenteros.

En una carta enviada a Lambert Massart en agosto de 1844, Liszt escribía: «Hacia final de septiembre, partiré muy probablemente para España. M. de Ravenal dijo que es el país de la improvisación por excelencia: ‘‘A veces, dos y dos son cero, a veces veinticinco, pero jamás cuatro’’». Es esta la matemática lisztiana: una matemática no de la lógica, sino de la sensación, no de la construcción sino de la improvisación y la sorpresa. Una matemática paradójica con la que el pianista conquistó a las audiencias de todas las latitudes.

«Liszt en Madrid»

Leave a Reply

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.

You may use these HTML tags and attributes:

<a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <s> <strike> <strong>