• La muestra del italiano que le dedica la Expo en el Palazzo Reale antepone la dimensión polifacética de Da Vinci y plantea la figura del personaje desde la unidad del saber

Las ocho facetas de Leonardo Da Vinci

Observar el mundo y tratar de comprenderlo. Leonardo da Vinci era más un filósofo presocrático que un artista. Y era un artista, claro, pero la abrumadora y exhaustiva exposición inaugurada en elPalazzo Reale de Milano en el contexto de la Expo antepone la dimensión polifacética de un personaje que se valió de un lápiz y de un papel para configurar no tanto una estética como una concepción del universo. Leonardo fue pintor y pensador. Científico y visionario. Ingeniero y arquitecto. Escritor y biólogo. Se trata de plantear la figura de Leonardo desde la unidad del saber. De encontrar en una gota de agua su visión del océano, aunque el viaje también alude a la pintura como arte suprema y camino de la verdad. Leonardo buscó el ‘aleph’ de Borges, principio y fin de todas las cosas. Y la búsqueda, en sí misma, proporcionó a la humanidad un acontecimiento destelleante.

Tiene sentido que Milán organice la mayor exposición nunca concebida sobre el genio toscano. Fue aquí donde vivió casi 20 años bajo la protección de la familia Sforza. Se ofreció a ella como constructor de artilugios militares en tiempos de guerra, aunque estas inquietudes no le impidieron pintar ‘La última cena’ en la capital lombarda (Santa Maria delle Grazie) ni concebir una descomunal escultura ecuestre que pudo materializarse cinco siglos después de su muerte.

‘El caballo’ custodia el hipódromo de San Siro como Milán custodia la existencia y la ejecutoria prodigiosas de Leonardo, tratando de vincularla a los saberes pujantes del Renacimiento y a una suerte de clave de acceso embrionaria. Los filósofos presocráticos la llamaban el arché, principio y origen de todas las cosas que Da Vinci buscó y rebuscó entre sus papeles como la prolongación absoluta de la divina proporción en el hombre de Vitruvio. Leonardo fue un genio italiano, como Mussolini defendió en la histórica exposición de 1939. Casi un siglo después, la propaganda patriótica se refleja como una anécdota grotesca. Leonardo no se explica sin su tiempo. Y su tiempo -ni los posteriores- no se explica sin Leonardo.

El pintor

Los Museos Vaticanos se han adherido a otras grandes pinacotecas [Louvre, National Gallery, Uffizi-] para ceder hasta el 19 de julio el lienzo de San Girolamo. Que podría ser de Francis Bacon por su expresionismo y sus apabullantes connotaciones de vanguardia. Y que Leonardo concibió hacia 1490, trasladando al óleo y las témperas una escultura desgarrada del mismo santo que pudo admirar y aprender en el taller de Verrocchio.

Fue su maestro y su motivo de discrepancia. La exposición milanesa reúne los documentos de acuerdo con los cuales Da Vinci ubicaba la pintura en la cima jerárquica de las artes y el dibujo como gesto primordial. Le dan la razón las obras reunidas en Milán. Empezando por el Retrato de dama y La Anunciación, entre cuyos dibujos preparatorios impresiona un rostro femenino con el que Leonardo demuestra deslizar el pincel o la pluma igual que si respirara. Bastaría este pequeño esbozo para acercarse a Milán, aunque la excepcionalidad de la muestra proviene de una reunión insólita de pinturas leonardescas [Retrato de músico, San Juan Bautista] que se exhiben entre los artistas del contexto cultural, incluidos Perugino, Filippino Lippi, Antonello da Messina y Sandro Botticelli.

El pensador

Leonardo no dominaba la lengua latina, pero accedió a muchas traducciones de los tratados filosóficos de la antigüedad grecolatina al tiempo que disponía de información privilegiada del pensamiento del Quattrocento. De hecho, la exposición del Palazzo Reale aporta una primera edición de El príncipe (Maquiavelo) y aglutina los libros con los que Leonardo fue elaborando la idea de un motor original, incluso materialista [materialista en sentido presocrático] en la configuración del universo.

La búsqueda colocaba al hombre en el centro. No sólo como reivindicación del humanismo y de reproche dialéctico a la oscuridad del medievo, sino como medida y proporción de las cosas. Que habrían de estar relacionadas entre sí, las partes y el todo, a medida de una armonía anatómica.

“Leonardo se percató del antiguo error de parcelar el saber en diferentes disciplinas”, explica la profesora Maria Teresa Fiorio. “Claro que existían, pero Leonardo comprendió que sólo podría descubrirse la unidad del saber eliminando las barreras, advirtiendo la existencia de leyes implícitas que también se verificaban en los fenómenos naturales”.

El científico

Los códices y manuscritos reunidos en el Palazzo Reale acreditan que Leonardo da Vinci entendió una dialéctica entre el arte y la ciencia. Por la intuición y la inventiva que requieren tanto la una como la otra. Y porque la observación de la naturaleza se había convertido en un recurrente camino de inspiración, fuera desde la fascinación del cuerpo humano -y no sólo la anatomía-, fuera desde la concepción idealista del paisaje.

De ahí el interés que reviste el primer dibujo datado del maestro. Un paisaje compuesto en 1473 que impresiona por la dinámica interior y por la coreografía de la composición, sobreentendiendo un orden y una armonía de la que acaso el propio artista se desdijo. O eso piensa la profesora Fiorio, comisaria de la exposición y partidaria de atribuir a Leonardo una especie de desengaño de su panteísmo laico, pues otro dibujo, concebido en la madurez, expone el drama y el caos de un desastre natural, más o menos como si Da Vinci hubiera admitido la dimensión caótica de la naturaleza. O la impotencia del hombre para comprender otras leyes.

El visionario

La premisa de un caos frente al orden y el canon deriva el genio leonardesco al sueño de la razón. No concede la exposición demasiado crédito a las teorías psicoanalíticas que colonizaron su herencia de Freud en adelante, pero propone un exhaustivo catálogo de los dibujos y de los diseños que estimularon la imaginación de Leonardo, anticipando toda suerte de invenciones que la ciencia tardaría siglos en materializar y que conviene analizar, muchas veces, en el ámbito de las elucubraciones, incluso recordar un contexto histórico [lo hace la exposición] donde otros creadores de quimeras contemporáneos a Leonardo [Mariano di Jacopo, Francesco di Gorgio Martini] fantasearon con el vuelo humano o el submarinismo.

Leonardo era un hombre de ciencia, insistimos, y accedió de primera mano a las novedades astronómicas, pero el itinerario milanés también subraya una cierta predisposición a la astrología y la quiromancia.

El ingeniero

La realidad y hasta los límites presupuestarios condicionaron diferentes empresas megalómanas de Leonardo, pero la astucia del genio toscano le permitió desenvolverse en un ámbito tan útil como las invenciones mecánicas. Algunas, relacionadas con la industria textil, están documentadas en el Códice de Madrid. Otras formalizaron o patentaron artilugios para la construcción y para la guerra, aunque el hallazgo más elocuente es el Carro Semovente, antepasado del automóvil que figura en el Códice Atlántico y que la exposición milanesa materializa instalando en el intinerario un artefacto elaborado en 1936 con arreglo a los bocetos leonardescos.

Se trata de concienciar al visitante con evidencias tridimensionales, sobre todo porque muchas otras ensoñaciones de ingeniería, relacionadas con los ríos, las dársenas y las fortificaciones, nunca maduraron más allá del papel.

El arquitecto

La ciudad ideal alude a una obra anónima del Quattrocento cuyo autor es un misterio y cuya repercusión iconográfica en tratados de arquitectura conoce muy poca competencia. Es el lienzo con que la exposición subraya la con ciencia urbanística de Leonardo da Vinci y a su concepción de la ciudad como una extrapolación de la armonía y del ritmo.

Soñó Leonardo que Florencia se contuviera en una planta decagonal. Y quiso poner orden al trajín de canales con que Milán desempeñó una importante actividad fluvial. Sus ideas, en realidad, inspiraron siglos después el barrio de los Navigli, aunque el proyecto más ambicioso y concreto de Leonardo consistió en el palacio Romorantin. Que tenía que haberse construido en la orilla del Loira y que materializaba muchas de las ideas heredadas de Vitruvio.

El escritor

El recorrido enciclopédico por la trayectoria de Leonardo se concede el sobresalto de un exhaustivo presupuesto para la construcción de una estatua ecuestre del mariscal Trivulzio. Amontona el maestro cifras y conceptos, redundando en un obligado prosaísmo que en absoluto contradice la audacia de sus textos y de sus anotaciones, demostrándose, por añadidura, que Leonardo era un erudito [no lo consideraban como tal muchos de sus coetáneos reprochándole un escaso bagaje académico] y que disfrutaba escribiendo sobre la moral, la pintura, la mecánica, la filosofía.

Da Vinci cultivaba los géneros en boga durante el Renacimiento a semejanza de la cultura grecolatina [la epístola, el tratado, el diálogo, el discurso] y se detuvo a perfilar un testamento que estremece leer con su exquisita caligrafía: “Mientras pensaba que estaba aprendiendo a vivir, he aprendido cómo morir”.

El biólogo

Observar el mundo, tratar de comprenderlo. Esta pretensión estimuló la relación de Da Vinci con el empirismo. Y predispuso su posición de pionero en ciencias que hoy nos parecen tan convencionales como la paleontología y la anatomía comparada,más allá de sus incursiones en la zoología, la botánica y la fisiología. De ahí el interés que revisten sus dibujos con las perspectivas de un feto en el útero, del mismo modo que impresionan sus autopsias de los corazones y hasta de los cerebros, pretendiendo descubrir en las arterias y en las neuronas un principio de organización universal, de tal modo que el hombre hubiera sido inspirado desde una ley natural suprema. Quizá sea una manera de mencionar a Dios sin mencionarlo. Y de tomar distancias con la inmortalidad del alma. La razón y la ciencia no se concilian con la fe, aunque la intuición sí le permitió proclamar a Leonardo que “el sol no se mueve nunca”, antes de que Copérnico y Galileo lo probaran.

Fuente: Rubén Amón. El Mundo

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