Reconozco y admiro la belleza natural, aunque nunca su contemplación consigue cambiar mi ánimo. Una puesta de sol, una montaña nevada o la luz de Madrid, de diamante puro, pocas veces me han liberado de una tristeza; al contrario, yo diría que mi pesar se ha agravado. Sin embargo, las obras de arte, las obras de los hombres, consiguen limpiar y aclarar mi espíritu. De todas las expresiones del arte, es la pintura mi preferida. El inmenso júbilo que siento con la belleza pictórica es incomparable a la contemplación de un paisaje natural. El arte me da mucho más que la naturaleza. Antes prefiero contemplar un cuadro sobre la llanura manchega de Antonio López Torres, el pintor de la sagrada realidad, que visitar la inmensa estepa de Tomelloso.

En otras palabras, después de haber descubierto el poder catártico de la pintura, allá por la prehistoria de mi vida, no he dejado de visitar todo tipo de museos, galerías de arte y exposiciones de pintura, dibujo y escultura. La sencilla contemplación del arte de la pintura me ayuda a vivir. Ver la belleza en un cuadro es como respirar aire puro. Esa pasión por la obra de arte se acentúa cada vez que visito una buena exposición. Es lo que me ha sucedido con la muestra de la Fundación Mapfre dedicada a Derain, Giacometti y Balthus. Tres pintores de lo inasible. Tres amigos de la enrevesada sencillez. Tres grandes amigos de la pintura callada.

Las transparencias de los bodegones de Derain, los dibujos perfectos de Giacometti y las telas con espejos de Balthus, que parecen inacabadas de lo acabadas que están, son otras tantas razones, sí, razones, porque la pintura piensa, para visitar esta exposición. Estamos ante tres pintores solitarios, pero a ninguno de los tres, como a nuestro gran Antonio López Torres, el ejercicio de la pintura lo condujo al autismo, todo lo contrario, es una soledad habitada, como dijo Balthus, en la que entra con alegría y sin exclusivismos el mundo en su conjunto. Se trata de captar la material espiritualidad del mundo. Pintar el enigma de la realidad para desentrañarlo. Las pinturas no son espejos para reflejarnos sino para transformarnos.

Trabajo duro de artesano, dedicación paciente al oficio en el estudio y horas y horas de intensa observación de la naturaleza para hallar en ella el secreto de la vida y la conexión de todas las cosas entre sí son los materiales preciosos de las pinturas de estos artistas. Los tres se enfrentaron a los surrealistas, porque lo real es más misterioso que lo onírico, el simulacro y la escritura automática. Eran tres pintores auténticos sin otro afán mejor que captar las verdades profundas de lo real. Quisieron pintar el misterio de la realidad. La voluntad de sencillez anima a los tres artistas. No cedieron a las tentaciones surrealistas ni a las tentaciones de la abstracción. La figura y el paisaje son innegociables en su arte. Sin figuras no hay almas y sin paisaje la vida desaparece.

Sin embargo, reconocieron la grandeza de “la pincelada única”, por ejemplo, de un Tàpies para “ir hasta la raíz de las cosas de un solo trazo”. Y la raíz de la amistad de estos tres pintores es pictórica: ir en solitario y sin palabrería a lo esencial y básico del mundo. Pintar, sí, es persistir, trabajar, ir todos los días al taller o a la calle para encontrar el misterio. La luz. El cuadro es, al fin, una rememoración de una emoción que la belleza de la realidad o naturaleza despierta en el artista. Eso es el arte. Creación y recreación, reproducción y réplica perfecta, sagrada, del paisaje y la transparencia, de la figura y su sombra. Creo que a excepción de Antonio López Torres, el pintor de lo esencial, pocos pintores de esa generación alcanzan en Europa a pintar la “magia de la realidad”, o mejor, lo sagrado de la naturaleza, con tan sencillo estilo. La obsesión, sí, por la transparencia es el denominador común de la humildad y modestia de estos tres amigos pintores.

 

Fuente: Agapito Maestre. Libertad Digital

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